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Crónica de una llanta baja.

Esta es la crónica de un pedal que no pudo pedalear. Un vistazo a una falta de previsión que desembocó en una experiencia que refuerza la bondad del ser humano. Un simple suceso que me incrementa el gusto de andar en bicicleta.

El viernes pasado salí de mi trabajo de lo más contenta. Ustedes saben, viernes, magnífico día, antesala del fin de semana, adiós labores (sí, como no, uno bien sabe que tiene que hacer en el finde lo que no alcanza entre semana -inserte aquí risa burlona-). Caminaba al lugar donde parqueo mi bici, haciendo una lista mental de las actividades que iba a realizar sábado y domingo, y saboreando con anticipación un fabuloso sánduche que iba a prepararme al llegar a casa, para disfrutarlo viendo una película. Llego hasta mi adorada bici, la desencadeno y -oh maldito seas Murphy-, estaba llanta baja.

Aquí procedo a detallarles la lista de sucesos de aquellos 5 tormentosos minutos:
- 30 segundos de frustración.
- 30 segundos para auto putearme por no tener tubo de repuesto ni parches.
- 45 segundos en llamar a un pana que vive cerca para preguntarle si había alguna vulcanizadora cerca, descubrir que no, y aguantar su mofa ante mi situación.
- 15 segundos para decidir que me tocaba hacer flete.
- 30 segundos para volverme a putear.
- 30 segundos para saborear el sánduche que me iba a demorar más en comer.
- 2 minutos para caminar hasta una avenida principal.
Y caminar, viendo hacia atrás, esperando que pase una camioneta que me quiera llevar.

Habrán pasado aproximadamente 10 a 15 minutos cuando avisté una camioneta negra medio destartalada. Estira el brazo, cierra puño, y saca el pulgar. Y paró -toma Murphy-. Adelante iba un señor, con una señora y una nena pequeña. Atrás 3 hombres con pinta de albañiles, una escalera, dos cajas de frutas y un par de sacos con materiales varios.

Me acerqué a la ventana para agradecerles por parar y pedir si podían avanzarme a la vulcanizadora más cercana en su camino. Ni 5 minutos y ya estábamos embarcadas, mi nena y yo, en el balde de la camioneta.

Avanzando hasta el centro, compartí un par de palabras con mis compañeros de viaje. Estaban yendo hasta el sur, por lo que me quedaba preciso que me dejaran en la calle Colón para conseguir tubo nuevo en el local de un amigo -inserte aquí jingle comercial-. Pasamos por las hamburguesas de la negra Crucelina y me sorprendí porque ninguno de los 3 hombres las habían probado. Les dejé bien claro que la próxima vez que anduvieran por esa zona deben comerlas. Y se acordaran de mí.

Llegamos a la Colón y me ayudaron a bajar la bici. Le agradecí al señor, diciéndole que me cayó del cielo. Frase que confirmé después, al abrir la billetera para pagarle el tubo a mi amigo y descubrir que no tenía un pinche billete. Memoria fallosa, porque creía tener $5 en mi poder. Apenas tenía 3 centavitos.

Es ese momento agradecí que me tocó un señor que no me pidió dinero por el favor prestado. Y confirmé, siempre me gusta hacerlo, que todavía hay bondad en la raza humana. Suerte que no paré a parchar el tubo, porque ni para eso tenía. Bueno, confieso que le quedé debiendo el tubo a mi amigo. Pero ese detalle lo arreglaré después.

Al día siguiente, luego de haber saboreado el fantástico sánduche de la noche anterior, avancé a la vulcanizadora cercana a mi casa a parchar el tubo y por las mismas a guardarlo en el estuche de mi bici. Aprendí la lección. Como ciclista urbana, debo andar preparada ante cualquier percance. Pero también es importante saber arreglártelas y no dejarte vencer por el problema.

Para finalizar, no saben la emoción que siento cuando vuelvo a subirme a mi bici luego de arreglarla. Es una sensación que se me dificulta describir con palabras. Pero es algo parecido a cuando eras un niño y te daban una galleta. O entrabas a una juguetería. Es simplemente algo maravilloso.
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